Un día de clase, tan monótono y aburrido como siempre, la angustia oprime mi pecho de tal modo, que creo que pronto romperé a llorar, el dolor que aguijonea mi corazón es demasiado puro como para poder dejarlo de lado y volver a prestar atención al profesor, que al frente de nuestra clase nos sermonea con el fin de que prestemos mayor interés a sus explicaciones.
El dolor es mas fuerte cada vez, hace ya tres años que falta en nuestras vidas, al irse dejo tal vacío en mi alma que jamas podrá ser llenado por nadie.
Cierro los ojos y ahí está, es él, no puede ser otro, alto, fuerte, con su pelo canoso y su cara afable, como siempre tierno y cariñoso, pidiéndome desde sus ojos avejentados que le dé un beso, un abrazo, una muestra de mi eterno cariño hacia él, y lo intento, intento tocarlo, deseo abrazarlo volver a sentirlo vivo como siempre, fuerte pero frágil en su vieja silla del comedor, pero no puedo, está tan cerca y a la vez tan lejos, me estiro, me esfuerzo por alcanzarlo, pero en mi desesperación y angustia veo como se aleja envuelto en un halo de luz tibia y neblinosa, como si una nube bajo sus pies lo alejara empujado por la misma brisa que seca las lagrimas que mis ojos no pudieron contener.
Ya no lo veo, poco a poco se convirtió en un hermoso pero lejano punto de luz, éste brilla esplendoroso en la oscuridad que llena mis ojos, como una hermosa estrella se eleva en el vacío y ya no, ya no lo veo, desapareció de mi vista, pero no de mi corazón ni de mi vida, lo extraño tanto, lo hecho tanto de menos, ¿Por qué?, ¿Por qué él? Él me quería y yo lo quería tanto, no es justo tras dieciséis años con él, viéndolo tan a menudo y nunca le dije que lo quería, él lo sabía, ¡tenía que saberlo! Pero nunca lo escuchó de mi boca. La culpa acuchilla mi corazón, los remordimientos de mi falta, rompen y destrozan mi tranquilidad, cada vez que creo tenerlo frente a mi intento decirle que lo quiero, pero de mi boca no sale ni el más mínimo susurro, mis músculos se mueven pero hablo sin emitir sonidos, oh Dios! No soy capaz, la desesperación me hunde, me ahoga y lloro, pero esas dos palabras tan sencillas y a la vez tan importantes no salen de mi garganta, es entonces cuando desaparece convirtiéndose en una fulgurante estrella, transformándose en la más grande y hermosa estrella del firmamento.
Cada vez que voy a su casa y me encuentro frente a la silla donde él se sentaba, donde siempre lo encontraba a la cabecera de la mesa, como un gran emperador al frente de sus invitados en una importante ceremonia, pero ahora ese sitio está vacío, nadie lo ocupa, porque nadie es él, él ya no está, ya nos abandono, para ir a ocupar su lugar en un sitio mejor.
Sé que algún día este dolor cesara, porque tarde o temprano volveré a su lado y así, al fin, podré decirle cuanto le quiero.

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