No es agradable
para nadie tener que recordar la barbarie que en aquella época asolo al mundo
entero, pero creo que es conveniente no olvidar lo que sucedió para que así las
generaciones venideras no vuelvan a cometer el mismo error que hace tanto
tiempo ya sacudió a la humanidad.
Una mirada o una expresión puede
hacer que en tu cabeza se aviven los más angustiosos y desagradables recuerdos,
hacia mucho que todo aquello había sucedido, aunque en el fondo quería
olvidarlo, en mi memoria lo seguía recordado con asombrosa exactitud, todo había
sido real, una estremecedora realidad. Unos hechos que jamás sería capaz de
olvidar, era una huella que perduraría dentro de mí hasta el fin de mis días.
“Vivíamos en Munich los agentes
de las S.S. llegaron el 17 de Marzo a nuestra casa y a golpes nos sacaron a la
calle. Allí estábamos mi familia, mis vecinos y yo, aterrorizados viendo como
las tropas de las S.S. mataban a todos aquellos que no quisieran abandonar sus
casas. Más tarde nos condujeron a la estación donde nos encerraron en un tren,
fue un viaje largo y penoso, estábamos amontonados en unos vagones que apenas
tenían ventilación, sólo unas pequeñas ventanas llenas de alambres de espino.
El hedor era nauseabundo, en el vagón no había espacio suficiente para poder
moverse, teníamos que estar de pie, quietos. Allí había niños recién nacidos
que lloraban, ancianos que casi no se podían tener en pie, todos sin excepción
sufriendo por igual. No tardaron en caer al suelo los primeros ancianos,
algunos de los cuales murieron en el transcurso del viaje, sus cuerpos inertes,
eran olvidados en el suelo. Cada uno de nosotros luchaba por sobrevivir, aunque
sólo se nos podía considerar como seres vivos porque nuestros corazones seguían
latiendo, del resto estábamos muertos. Tras un penoso viaje llegamos al campo
de concentración de Dachau.
Nada más llegar nos hicieron
bajar del vagón, mi padre no nos soltaba, las mujeres lloraban en silencio, los
niños no reprimían sus gritos, pero esto no conmovía a los agentes, en ese
momento desee que el viaje no hubiese terminado jamás.
Una vez estuvimos fuera del tren
nos separaron en dos grupos uno para las mujeres y los niños y otro para los
hombres, ésta era la primera vez que me separaba de mi padre y de mi hermano,
tenía mucho miedo.
Las mujeres fuimos puestas en
fila india delante de un joven de las S.S. que nos miraba con desprecio, a su
derecha como a su izquierda había una
mesa con otro soldado alemán. Una a una fuimos acercándonos al joven, éste nos
indicaba con el pulgar a que grupo debíamos dirigirnos, al de la derecha o al
de la izquierda, indistintamente del grupo en el que nos incluyeran el soldado
que estaba en la mesa nos cogía nuestros datos personales. Yo fui destinada al
grupo de derecha mientras que mi madre y mi hermana pequeña fueron enviadas al de la izquierda. Más tarde
me enteraría que tras concluir la selección el grupo de la izquierda fue
conducido a las cámaras de gas. Nuestro
grupo fue al interior de uno de los edificios, allí nos desnudaron, nos
raparon la cabeza y a la que tenían alguna pieza de oro en los dientes se la
arrancaron, también nos tatuaron en el antebrazo izquierdo un número.
Nos mandaron a las duchas donde
estuvimos unos dos minutos, al salir nos dieron unos harapos para cubrirnos el
cuerpo. Ya había anochecido cuando nos mandaron salir y formar en fila, estábamos
allí de pie, hambrientas, cansadas y asustadas.
En mi mente se agolparon mil
pensamientos contradictorios, en un primer momento creí que si se molestaban en
dejar que nos ducháramos eso podía significar que nos dejarían vivir, pero más
tarde mientras estábamos allí de pie formando delante de una agente de las S.S.
que se reía de nuestro aspecto, creí que todo aquello había sido una farsa para
que creyéramos que nos iban a dejar con vida y después matarnos cual ratas de
alcantarilla. Este pensamiento me hizo tambalear, en mal momento me temblaron
las piernas, pues la agente advirtió mi movimiento y dejo de reírse, se me
acercó, seria, dura, me miró a los ojos y luego recorrió mi cuerpo con la
mirada, sus ojos se detuvieron en mis piernas, por mi rostro corrían ríos de
lágrimas, ¿qué quería de mi? La agente se colocó detrás y con su fusta golpeó
detrás de mis rodillas, éstas se doblaron cual juncos y me desplomé en el
suelo, una vez tendida me golpeó, pateó y cuando por fin terminó me agarró por
el cuello y me puso en pie. Ya no lloraba por el dolor de sus golpes, mis
lágrimas representaban la impotencia que sentía frente aquella mujer.
Tras esta primera experiencia me
di cuenta de que en aquel infierno no era más que un número, el que me habían
tatuado en el antebrazo izquierdo, el 150.860. mi vida no valía nada.
Después nos condujeron a unos
barracones donde pasaríamos la noche, a mi lado había dos hermanas gemelas.
Cuando al amanecer nos hicieron formar para empezar a trabajar llegó un hombre
vestido con una bata amarillenta y se las llevo a ellas y a Ana una joven
embarazada.
Al cabo de unas semanas llegó una
de las dos hermanas, Noa no lo había podido soportar, había sufrido mucho,
Elizabeth nos relató lo que les había acontecido, su relato duró una media hora,
todas estábamos asustadas, era una historia macabra, cruel. Tres días más tarde
llegó al barracón Ana, nos contó que como tardaba demasiado en dar a luz le
provocaron el parto, aquello no era una enfermería como rezaba el cartel que
había encima de la puerta, aquel sitio era una autentica carnicería, cuando Ana
vio el fruto de sus nueve meses de embarazo le embargó una gran felicidad, pero
esta no duraría más de unos pocos minutos. Delante de ella sin piedad ninguna experimentaron
con su hermoso niño, éste lloraba y se revolvía de dolor, más de tres veces le
inyectaron, el niño no tardaría mucho en morir y cuando esto sucedió lo
cogieron lo sacaron de la sala, lo que pasó después Ana no lo sabía pues en ese
momento se desvaneció, cuando se despertó era ya de noche, en ese momento sólo
pudo llorar.
¿De donde sacaban tanta crueldad
los agentes de las S.S.? ¿Por qué nos odiaban tanto? ¿Qué terrible e
imperdonable pecado habíamos cometido para merecernos un destino tan cruel? Al
día siguiente otra vez a trabajar, en aquel infierno todos los días eran
semejantes en crueldad.
Llevábamos tres meses en Dachau y
a mí me parecía toda una vida, tenía ganas de ver a mi padre y a mi hermano,
así pues ese mismo día fui ha hablar con la encargada del barracón en el que yo
estaba, sabía que podía perder la vida y eso era algo que no me preocupaba,
temblando me acerqué y con la vista fija en mis pies descalzos le pregunté si
había alguna manera de ver a mi padre, ésta me miró con desprecio y después me
sonrió, aquella sonrisa me asustó, sus únicas palabras fueron que ya tendría
noticias suyas.
Esa misma noche un soldado llegó
al barracón en mi busca, ¿A dónde me llevaba? ¿Que era lo que ocurría? ¿La
agente con la que había hablado esa misma mañana me buscaba? Estaba aturdida,
el soldado me llevó a una habitación donde me esperaba la agente y otro hombre,
aparentemente su superior, éstos al verme entrar comentaron algo en voz baja y
se empezaron a reír, después la mujer se marchó.
Me quedé a solas con aquel
hombre, éste me dijo que al día siguiente vería a mi padre, yo me alegré pero
eso no era todo para poder verlo tenía que complacerlo en todo, en un primer momento no lo entendí pero me
daba igual, al fin vería a mi padre, aquel agente era diferente, no sabia muy bien que era lo que le hacía
diferente pero el caso es que empecé a sentir hacia él una sensación de
agradecimiento.
De pronto se levantó, sus ojos me
miraban con una intensidad asombrosa, se
me acerco por detrás y posó sus manos en mis hombros, un escalofrío recorrió mi cuerpo, sus manos se
deslizaron acercándose a mi cabeza, me
susurro al oído que no le tuviera miedo, que confiara en él, me beso en el
cuello y acaricio mi cara, sabía que si quería ver a mi padre tendría que
sucumbir a sus deseos, aunque de pronto no sentí asco, ni miedo, en mi mente se formó la idea de que de alguna
manera debía pagarle el hecho de poder ver a mi padre y si aquel hombre deseaba
que aquel fuera el pago a su favor yo estaba dispuesta a ello, no tardó en
decirme que le siguiera, me dirigió a
una habitación, una vez dentro me desnudó, me asombró la delicadeza que puso en
ello, sus movimientos eran lentos e incluso dulces, me abrazó, mi primer
impulso fue responder a ese abrazó con otro,
el agente se sobresaltó, no se esperaba esa reacción de mi, al fin y al cabo si estaba sufriendo aquel
infierno era en parte por culpa suya,
pero pronto posó su cara en mi hombro y estuvo así unos minutos, quieto,
como disfrutando de aquella sensación, cuando se cansó de estar de pie me
acostó en la cama, aquello duro relativamente poco afortunadamente para
mi, pues cuando estaba allí, acostada,
viendo para el techo de aquella estancia me di cuenta de algo que me
produjo una sensación que jamás había sentido, aquel hombre me iba a ayudar a reencontrarme
con mi padre pero me estaba forzando a hacer algo sucio, aquel sentimiento de agradecimiento se esfumó
como humo y se tornó en un sentimiento de repugnancia hacia aquel hombre que se
estaba aprovechando de mi falta de libertad.
Días más tarde un agente me
condujo al barracón de los hombres, una vez allí me acompañó hasta el final del pasillo y me
señaló un camastro, allí tendido estaba mi padre o por lo menos eso era lo que
el agente me dijo, cuando me acerqué no pude más que llorar, mi padre siempre
había sido un hombre fuerte y sano, y sin embargo ahora era un despojo humano,
sus brazos delgados y llenos de llagas, sus piernas que no podían sostenerlo en
pie, estaba en un estado deplorable lo abracé, besé y poco más, pues no tardaron en venir a
buscarme para que volviera al trabajo, jamás olvidaré el dolor que sentí al ver
a mi padre en aquel estado, tampoco podré olvidar el odio, la rabia que sentí
por los alemanes ya estuvieran o no de acuerdo con todo aquello, ellos nos
odiaban por ser judíos, pues bien esta pobre judía de 18 años los odiaba a
ellos.
Después de ver a mi padre fui
consciente de lo que había pasado en la habitación de aquel hombre, me había
acostado con él a cambio de un poco más de sufrimiento, pero eso era lo que yo
le había pedido, fui yo la que le buscó
para poder ver a mi padre, ahora me daba cuenta de que estaba en sus manos,
éste pensamiento cruzó mi cabeza como una exhalación, empecé a temblar como el
primer día, tenía muchísimo miedo, pero afortunadamente aquel soldado nunca me
mando llamar.
Unos meses después de aquel
encuentro con mi padre llegaron las tropas aliadas y nos liberaron, cuando
llegaron fue maravilloso, en cuanto se abrieron las alambras salimos todos
desesperados, ansiosos por sentirnos libres, no me lo podía creer desde el
primer momento creí que jamás saldría de Dachau y ahora era libre. Corría el
año 1945.
Cuando todo se hubo calmado, intenté encontrar a mi padre pero fue
imposible, mis pesquisas no me llevaron a ningún lado, todos mis esfuerzos fueron
inútiles, no conseguí saber nada de él. Sólo me quedaba un consuelo: Había
recobrado la LIBERTAD”.
Todo eso fue lo que vino a mi
memoria cuando aquellos ojos me contemplaron desde el suelo. No debía sentir
piedad, eran terroristas, mujeres dispuestas a destruir, si las dejábamos,
nuestro Estado, nuestro Estado de Israel, por lo que tanto habíamos luchado;
así que le pegue por detrás de las rodillas y seguí pegándola hasta que la vi en el suelo.
En su rostro se reflejaba el
mismo miedo que yo también sintiera, pero ahora era distinto, ellas son
terroristas, fanáticas y yo no debo, no puedo ser débil.
Si cuadra alguien también la esta
violando en su celda. Puedo estirar el brazo para llegar al teléfono. Si
telefonease, la suerte de ella cambiaría. Pero tengo que atravesar una barrera
de odio demasiado densa... y el teléfono parece estar tan lejos.
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